Nuremberg

Nuremberg


La nueva adaptación cinematográfica sobre los juicios de Núremberg —centrada en el análisis psiquiátrico de Hermann Göring— no es solo un drama histórico; es una reflexión política sobre el poder, la responsabilidad y el nacimiento del derecho penal internacional moderno.

Dirigida por James Vanderbilt, y escrita junto con Jack El-Hai, la película se sitúa en el momento crucial posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando las potencias aliadas decidieron no ejecutar sumariamente a los jerarcas nazis, sino someterlos a juicio. Ese acto —político y jurídico— fundó un precedente civilizatorio.

El laboratorio moral de la historia

En el centro del relato se encuentra Hermann Göring, interpretado con contundencia por Russell Crowe. Göring no es presentado únicamente como monstruo, sino como estratega, manipulador y hombre profundamente consciente de su poder simbólico incluso en la derrota.

Frente a él, Rami Malek encarna al psiquiatra militar Douglas Kelley, encargado de evaluar su estado mental antes del juicio. La tensión dramática no radica solo en si Göring está “loco” o no, sino en una pregunta mucho más inquietante:

¿Puede alguien plenamente racional cometer atrocidades sistemáticas?

La película sugiere que sí. Y ese “sí” es políticamente perturbador.

Robert H. Jackson y el nacimiento del derecho internacional

Una de las interpretaciones más poderosas es la de Michael Shannon, quien da vida al fiscal estadounidense Robert H. Jackson. Jackson fue una figura histórica clave: su intervención en los juicios estableció que “iniciar una guerra de agresión” es el crimen internacional supremo.

El juicio de Núremberg no fue solo venganza de los vencedores. Fue el intento de convertir la justicia en lenguaje universal. Por primera vez se juzgó a líderes de un Estado por crímenes contra la humanidad, concepto que hasta entonces no tenía un desarrollo jurídico sólido.

La película deja entrever la tensión ética:

¿Puede hablarse de Estado de derecho cuando los jueces pertenecen a las naciones vencedoras?

¿Es justicia o justicia de los vencedores?

Ese debate sigue vivo hoy en los tribunales internacionales contemporáneos.

Psicología del poder y responsabilidad individual

El enfoque psiquiátrico aporta un ángulo inquietante. La infancia de Göring, sus huellas de abandono y su búsqueda obsesiva de poder son exploradas como posibles claves interpretativas. Sin embargo, el filme evita caer en el reduccionismo psicológico. No se trata de justificar, sino de comprender.

Aquí emerge una lección política fundamental:

la violencia sistemática no siempre nace del caos mental, sino de ideologías articuladas, legitimadas socialmente y sostenidas por estructuras estatales.

El nazismo no fue un arrebato individual; fue un proyecto político con respaldo popular, propaganda eficaz y maquinaria burocrática eficiente. La película recuerda que los campos de concentración no fueron obra de un solo hombre, sino de un sistema.

Núremberg como advertencia contemporánea

Más allá de la Segunda Guerra Mundial, Nuremberg interpela nuestro presente. En un mundo donde resurgen nacionalismos extremos, discursos de odio y autoritarismos, la película nos obliga a preguntarnos:

¿Qué condiciones sociales permiten que líderes carismáticos concentren poder absoluto?

¿Cómo se normaliza la deshumanización del otro?

¿Cuándo la obediencia se convierte en complicidad?

El juicio de Núremberg fue un intento de responder a la barbarie con derecho, no con barbarie. Fue una afirmación de que incluso en la guerra debe existir un límite moral.

Nuremberg no es solo una película histórica; es una meditación sobre el ego, el orgullo y la autodestrucción del poder sin límites. Hermann Göring representa la arrogancia del poder absoluto; Robert H. Jackson encarna la esperanza de que la ley pueda imponerse sobre la fuerza.

La gran enseñanza es esta:

las atrocidades no comienzan en los campos de concentración; comienzan en el lenguaje, en la propaganda, en la normalización del odio.

Verla no es solo un ejercicio cinematográfico.

Es un acto de memoria política.


Erick Xavier Huerta

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